Lo primero que llama la atención en este libro es que se trata de una protagonista feminina escrita por un autor masculino. Se supone que La vida conyugal es la historia de una pareja, Nicolás y Jacqueline, pero en realidad es la historia de la protagonista, Jacqueline Cascorró (como se autodenomina la mujer que fue bautizada María Magdalena Cascorro). Casi parecería que, tal como toma la decisión de cambiar su nombre, Jacqueline se impone en la novela para apoderarse de la narrativa, tanto que el narrador no puede sino dejar a Nicolás en un segundo plano. Jacqueline domina la historia por completo, y el narrador (que no se identifica pero sí se hace notar, recordándonos varias veces que nos está contando esta historia) parece tenerle simpatía o al menos estar de su lado.(Sería interesante en ese respecto contrastar La vida conyugal con El turno del escriba, por ejemplo, en que hay un protagonista masculino escrito por autoras femininas. O tal vez - ¿por qué no? - se podrían contrastar las dos Jacquelines que hemos conocido en este curso, la de Fiebre de invierno y la de La vida conyugal. Estaría bueno, en realidad, porque en estos casos, por más que haya otros personajes, la protagonista es la historia.)
Jacqueline quiere ser un "personaje", se quiere inventar a sí misma para así poder decidir su propia suerte. Cambia su nombre y busca una alianza con un hombre que le ayudará a lograr lo que más quiere en la vida, que es "cultivarse". Pero sus intentos de transformarse siempre terminan mal por culpa de su familia (quienes se niegan a llamarla Jacqueline), su pasado "miserable", o cualquier otro motivo. Pero en realidad, es que todo falla por culpa de Jacqueline: es que le fascinan las ideas, pero ella no es capaz de hacerlas realidad. Un ejemplo perfecto de esto es el hecho de que se quiere "cultivar" con libros, arte, etc. pero no es capaz de leer un libro detenidamente; quiere comprarlo y tenerlo, y casi parece creer que con eso alcanzaría.
La memoria, el pasado, y el destino son hilos conductores de esta novela. Más concretamente: la falta de memoria, la memoria selectiva o la memoria fallada, y su relación con el pasado y el destino. Lo que hace Jacqueline es vivir ciclos en que se repiten leves variaciones de lo mismo, una y otra vez. En toda la novela hay referencias a su mala memoria, el hecho de que no recuerda a la gente, no se acuerda del nombre de alguien, o tiene la idea que su primera infidelidad fue con uno cuando en realidad fue con otro.
El cuaderno azul de Jacqueline es una incarnación de esta situación: en él, Jacqueline ha escrito muy poco (algunas citas literarias y algunas experiencias negativas) dejando casi todo el cuaderno en blanco. Pero el narrador nos asegura que Jacqueline no se acordará ni de lo que escribió, ni de la existencia de su cuaderno. Hay frases escritas, borradas, reescritas, con comentarios, luego tachados o reescritos. Es un palimpsesto, un objeto literario e histórico de la vida de Jacqueline en que existe una serie de niveles entre la realidad y las ideas, pero que se confunden, se mezclan, se borran, o se dejan en blanco.
Otro elemento clave de La vida conyugal es la corporalidad. De hecho, es el acto físico de quebrar una pata de cangrejo en las manos y oír descorchar una botella de champaña, que cambia el rumbo de la vida de Jacqueline. Más precisamente, cambia sus ideas sobre cómo va a ser su vida. El tacto, el oído... los sentidos dominan a Jacqueline. El efecto que tiene sobre Jacqueline el olor acre del cuerpo desnudo de Gaspar, por ejemplo. Y eso que Jacqueline tiene muy mala memoria; casi se podría decir que todo se ve borrado de su mente, menos los recuerdos físicos.
Y ¿qué significará, que cada vez que está a punto de realizarse sus planes para eliminar a Nicolás, Jacqueline no sólo se interpone para impedir que suceda, sino además tiene que sufrir alguna lesión física? Siempre termina en el hospital, muchas veces a los cuidados de Nicolás. La mano, el hombro, los dedos...
La corporalidad se manifiesta muchas veces por medio de la sexualidad, también. Nicolás es un mujeriego, pero lo que predomina aquí es el deseo de Jacqueline. Y este deseo no está vinculado con la reproducción o la posibilidad de crear una nueva vida, sino se asocia con la destrucción o la ruptura. Jacqueline tiene una pasión sexual por Nicolás que se vuelve desenfrenada en las épocas en que está preparando un complot para destruirlo. Puede disfrutar de los cuerpos de sus amantes, pero nada supera la pasión que se apodera de ella cuando está a punto de matar a su esposo. La sexualidad de Jacqueline prospera a base de la destrucción, o la posibilidad de la destrucción.
A pesar de todo eso, Jacqueline no es para nada un personaje antipático. Es capaz de hacer cosas impensables, pero el tono con el que el narrador representa a Jacqueline hace de ella un personaje verdaderamente entrañable. De hecho, de todos los demás personajes en el libro, los dos más agradables son mujeres: Márgara Armengol, la anfitriona de las veladas culturales y la dueña de lo que será luego una Academia; y Alicia Villalba, mujer que se viste como hombre, y la única persona que acompaña a Jacqueline en su peor momento luego del traslado de Nicolás a España.
Lo que más me encantó de esta novela fue esta idea: lo que desencadena todo el relato, y cambia por completo la vida de Jacqueline para empezar sus eternos ciclos, es una sensación de un momento preciso. Como Proust y sus magdalenas (¡Jacqueline se llama Magdalena!), la sensación de quebrar una pata de cangrejo en las manos al momento de oír descorchar una botella de champaña lleva a Jacqueline no a su pasado (como a Proust) sino a una idea de su futuro. Casi se podría decir que cada vez que empieza de nuevo este ciclo, Jacqueline está recordando su futuro, que está borroso, confuso y aún en blanco, como su cuaderno.


